“Manga de mierdas… Espero que al menos repartan bien el dinero”. La frase, según testigos, la pronunció uno de los miembros de la Selección peruana de fútbol, tras arrojar sus vendas contra la pared, furioso en el vestuario porque Perú acababa de perder 6-0 ante Argentina. Ocurrió treinta años atrás, en el partido acaso más polémico en la historia de los Mundiales. Lo cuenta el periodista argentino Ricardo Gotta, en uno de los momentos más tensos del libro Fuimos campeones, de Editorial Edhasa, que comenzará a venderse esta semana en las librerías argentinas, a sólo días de que el 25 de junio próximo se cumpla el trigésimo aniversario del Mundial 78, ganado por la Selección blanquiceleste en tiempos de dictadura militar.
“En general -dice Gotta cuando Terra Magazine le pregunta por la sospechosa goleada de 6-0 a Perú- logré reunir una decena de evidencias contundentes que apuntan a que hubo una operación que instaló dos escenarios: uno de miedo, de coerción. Y otro de corrupción, de soborno, al menos sobre algunos de los miembros de la Selección de Perú”.
El libro recuerda un jugoso diálogo que el dictador argentino, el general Jorge Rafael Videla, sostuvo con su par peruano, Francisco Morales Bermúdez, a través de una radio argentina, minutos después del exitoso debut de Perú en el Mundial, una gran victoria 3-1 ante Escocia, aviso de la gran labor en primera fase de esa Selección, que terminó primera en su grupo, superando nada menos que a Holanda, vicecampeona del 74 y luego de ese mismo Mundial 78. “General, quiero felicitarlo sinceramente por el triunfo que logró la Selección que representa a su país, al que considero un triunfo latinoamericano”, dijo Videla en ese diálogo radial a Morales Bermúdez. “General -respondió el militar peruano-, le agradezco la generosidad y todas las muestras de afecto que reciben mis compatriotas en su estada en tierra argentina. Estamos en deuda con ustedes”.
Y la deuda, según sugiere Gotta en su libro, la cumplió el general Morales Bermúdez con un misterioso llamado telefónico que le hizo al capitán de esa Selección peruana, Héctor Chumpitaz, sólo unos días antes del partido en el que Argentina precisaba ganar por cuatro goles para superar a Brasil por diferencia de gol y clasificarse finalista del Mundial. Chumpitaz convocó inmediatamente a su habitación al plantel y contó: “El presidente Morales Bermúdez me ha llamado. He recibido un nuevo llamado del señor presidente, sí… Me pidió nuevamente que los felicitara por el esfuerzo realizado hasta aquí y me advirtió que comprendía muy bien que los puntos que hemos perdido en los últimos partidos son contingencias del juego. Sólo eso…”. “¿Eso es todo?”, preguntó uno de los jugadores. “No. Me trasmitió que desea que tratemos de vencer a la Argentina, pero que sabe muy bien lo difícil que es la misión que nos pide. Que nos manda un abrazo fraterno, más allá del resultado que obtengamos. Me dijo eso dos veces”.
Otro de los jugadores preguntó horas después a uno de los miembros de la delegación, el que mejor conocía al presidente Morales Bermúdez, “cómo deberían descifrar el mensaje”. Y su respuesta fue: “Tú sabes”. Ese personaje, según se infiere tras la lectura del libro, no podría haber sido otro que “Paquito”, Francisco Morales Bermúdez hijo, abogado, futbolero, hombre fuerte en el fútbol peruano de aquellos años y cabeza de la delegación que fue al Mundial 78.
Gotta describe con minuciosidad no sólo los seis goles anotados por Argentina en ese partido, sino muchas otras jugadas. “Estudié el partido segundo a segundo. Hubo movimientos insólitos de algunos jugadores peruanos. Movimientos ilógicos y sospechosos, que exceden a una mala noche futbolística”. Esta es, por ejemplo, la crónica de uno de esos goles, el segundo, anotado por Alberto Tarantini. “Tanto el experimentado Chumpitaz como el tembloroso Rojas fueron a trabar (a Kempes) como quien lo hace con su hijito de dos años. Ambos terminaron despatarrados. La jugada siguió y el remate mordido de Larrosa se iba afuera, pero Quiroga la empujó al corner. ¿Señores, qué más faltaba? Que el centro de Bertoni desde la derecha cayera en el área, dos metros pasado el punto del penal, que Tarantini pusiera la cabeza, que su marcador saltara un par de metros más allá, como en un inconcebible paso de baile, sin ningún sentido del tiempo ni de la distancia, obstruyendo tarde y mal al Conejo Tarantini. Su marcador era Manzo. La pelota pasó cerquita de Luque, que hizo cortina, y Quiroga se arrojó remiso”.
¿Acaso toda esa Selección peruana entregó el partido? “Mira, ellos supieron a quién tocar”, responde a Gotta en el libro uno de los jugadores de esa Selección, cuyo nombre tal vez no resulte difícil de identificar para un observador atento, aunque la conversación respeta el off the record. “¿Con uno basta?”, pregunta Gotta. “No”, responde el ex jugador. “¿A todos?”, inquiere entonces el periodista. “Tampoco. Eso -responde el interlocutor- es tirar la plata”.
La sugestiva venta del zaguero Rodulfo Manzo al club argentino Vélez Sarsfield, la insólita visita de Videla y Henry Kissinger al vestuario peruano antes del partido, la orden de que Perú jugara ese cotejo con su camiseta suplente y la donación de trigo de Argentina a Perú, forman parte también de la investigación de Gotta, uno de cuyos primeros trabajos como periodista deportivo fue justamente la cobertura del Mundial 78, para el diario La Prensa, de Buenos Aires.
El libro publica otro diálogo telefónico en off the record entre militares de las dictaduras de Argentina y Perú apenas horas antes del partido, como también la exigencia de varios jugadores del plantel peruano al DT Marcos Calderón para que excluyera de la formación titular al arquero Rubén “Chupete” Quiroga, nacido en la misma ciudad argentina de Rosario donde se jugó ese partido y nacionalizado peruano. “Para mí, Quiroga pudo evitar dos goles, pero se quedó plantadito”, le dice Chumpitaz a Gotta, en otro pasaje del libro.
Calderón, fallecido años después en un accidente de aviación, mantuvo como titular a Quiroga y también a Juan José Muñante, el único de toda la Selección que jugaba afuera de Perú y el mismo que estrelló un tiro en el poste a los pocos minutos de iniciado el partido ante Argentina. Pero otras decisiones, como la salida de José Velásquez apenas iniciado el segundo tiempo, llamaron siempre la atención. Podrían obedecer tal vez al pedido que le hizo horas antes del partido a Calderón una persona que lo fue a ver a su habitación: “Me dijeron que es una cuestión de Estado, Marcos. Tú debes hablar con ellos. Son tus jugadores. Eres el líder del plantel”, dijo esa persona al DT. Cuando Calderón buscó profundizar sobre el pedido, la persona respondió: “No, Chueco, no, ¿cómo te voy a pedir eso? No te lo tomes a la tremenda. Vienes de perder dos partidos. No te estoy pidiendo que te dejes derrotar. Que quede claro: esto no se trata de una vendimia”. “Vendimia” era la venta del partido.
Autor:Ezequiel Fernández Moores
Fuente:Terra Magazine